La familia Abreu Pou

El privilegio de ser tu sombra

 

Historia de familia

Por Graciela Azcárate

 

 

 

Samaná te ofrece el yermo que ambicionas. Aquí encontrarás el más perfecto monacato, clausura perfecta para tu alma aquejada de esa enfermedad terrible que consiste en no tener enfermedades...Nadie molestará al cartujo que deserta de la supercivilización y que en este Sahara de  aguas verdes se convierte en ostra.

Te ofrezco este Cenobio de dulzura y de paz espiritual, para que seas el Eremita del siglo XX... Sólo te pido una cosa. ¿ Cuál es? El privilegio de ser tu sombra.

Anadel  de Julio Vega Batle

 

Nacieron  en Samaná, en la primera década del siglo, hechizadas ante una bahía que atraía con fuerza inexplicable. Entre blancas calas de arena traslúcida, extasiadas  ante el alma de esas gentes que parecían vivir en éxtasis permanente, encarceladas en esa bahía indómita, alucinadas por el cielo azul y la esmeralda salvaje de la vegetación.

El padre, Ascanio Abreu Lavandier, llevaba en sus venas más de 250 años de inmigración que es tal vez el sello del desarrollo de Samaná.

Desde 1640 hasta  las primeras décadas de 1900, Samaná recibió grandes cantidades de inmigrantes que fueron conformando su población y apellido. Hubo cinco grandes inmigraciones claramente diferenciadas. La inmigración de franceses en la década de 1640- 1650; la inmigración de españoles para la fundación  de la ciudad de Santa Bárbara de Samaná en el año de 1756; la inmigración de colonos franceses venidos de Haití, acompañados de sus esclavos africanos, posterior a la firma del Tratado de Basilea, en el año 1795; la inmigración de ex-esclavos procedentes de Estados Unidos en el año 1824  y 1825 y la continua inmigración diversa, que se inició antes de 1640 y que cesó en las primeras décadas de 1900.

Apellidos como De Castro, Varín, Lareche, Forestier, Travieso, De León, Almeida, Carela, Jimínez, Mejía , Trinidad, Antón, Acosta, Joubert, Lavandier, Deloup, Clarac, Morette, Nadel, Nader, Anadel, Arandelle, Barett, Vanderhost, Miller, Kelly, James, Hamilton, Bancalari, Beauregard, Bodden, Bezzi, De Windt, Demorizi, Lalane, Duquela, José, Sangiovanni y Santamaría son algunos de esa variopinta población que  fue conformando ese rincón especial del Caribe.

Ascanio Abreu Lavandier nació en Samaná el 31 de agosto de 1887, era un muchacho de apenas diez años cuando fue elegido para integrar la comitiva que acompañaría al hijo de Ulises Heraux a realizar  estudios en Alemania. Su padre, Eugenio Abreu, fue un hombre de carácter fuerte y recias convicciones.

La traición oral lo cuenta trabajando para la casa Vicini a las órdenes de Don Juan. Era característica de éste señor recorrer cada mañana la larga cadena de oficinas, hasta llegar a la propia, sin articular  un saludo  a sus empleados. Un día Eugenio Abreu montó en cólera y con el genio atravesado, al llegar don Juan dio un puñetazo en la mesa, enterró la pluma en el tintero y conminó al señor a cumplir con las normas de cortesía. Y como  no era mejor que ellos, dijo, le hizo quedarse con el empleo y se fue a su casa.

 En el grupo de estudiantes que viajaban a Alemania, junto a Ascanio Abreu  iba uno de los Thorman, Alfredo Ricart y Leo Ricart. Regresó con estudios completos en contabilidad y hablando fluídamente cuatro idiomas. Catorce años  de estudió en Hannover lo capacitaron para poder conformar una familia y mantenerla con decoro. Al regresar de Alemania, instalado en Samaná,  se empleó con la familia Bancalari. Casó con María Adelaida Pou Ricart, nacida el 4 de julio de 1887, en la ciudad de Santo Domingo en la Casa del Cordón, que según la tradición oral, estaba frente al mercado de la ciudad y hacía las veces de centro de partos.

De esa unión nacieron cuatro niñas y un varón. Angélica Adelaida, Idalia Mercedes, Aída Noelia, Ana Altagracia y Ascanio Eugenio Abreu.

Las cuatro Abreu Pou  transcurrirán los primeros diez años de su vida de cara a esa ensenada cantada por Julio Vega Batle, maroteando mangos, o bañándose en las calas, saltando una peligrosa tablita para poder pasar laa  cañada,  hasta llegar a la casa de  las hermanas Rodríguez.

Amelia, Orfelia y Gumersinda fueron las maestras que,  sembraron en la humilde escuelita de Samaná, el gérmen de las futuras maestras.

Los abuelos paternos fueron Cedali Lavandier y Eugenio Emilio Abreu Licairac. Por la vía materna, sus abuelos eran: Adelaida Ricart Pou, doña Lala, nacida en 1865 y el Dr Leopoldo B. Pou Pereyra. Este había estudiado medicina en Barcelona y su familia se había afincado en Santo Domingo en la época de la anexión. Fué asignado a Samaná, como médico legista con derecho a ejercer su profesión. Durante años dedicó sus desvelos a cuidar de una población donde no habían médicos. Lo hizo hasta la llegada del Dr. Medrano con quien compartieron los cuidados sanitarios de la población, hasta su muerte. Tanta paciencia y desvelo fue reconocido por la comunidad que lo recompensó imponiendo su nombre al hospital y a una calle.

Entre las cuatro hermanas mujeres y el menor, varón mediaban los años que van de octubre de 1908, año en que nace la primogénita Angélica Adelaida  y el último hijo, varón, Ascanio Abreu Pou  nacido el 19 de junio de 1922.

En 1918, se mudan a Santo Domingo, contratado el padre, por el gobierno de la intervención americana para prestar servicios por sus conocimientos de inglés. En la capital, las cuatro muchachas  ingresaron en el Liceo Nuñez de Cáceres. Angélica se graduó de mecanografía en la Academia Santa Ana y recibió su título de maestra Normal de Segunda Enseñanza. Fue maestra de los cursos primarios en el Liceo donde se graduó hasta su matrimonio con Angel María Gautier Morales con quien procreó cinco hijos.

Matilde que casó con Félix Nolasco; Angélica Altagracia que casó con el Arq. Eugenio Pérez Montás; Teófilo dedicado a la medicina y catedrático de la Universidad Pedro Henríquez Ureña; José dedicado toda su vida a la contaduría y Angel María, recibido ingeniero electromecánico en la Universidad de Mayaguez.

Idalia Mercedes Abreu Pou nació el 28 de marzo de 1915, graduada  bachiller en pedagogía, eligió la vida religiosa. Fue  fundadora y directora del Instituto Cordimariano hasta su muerte en 1963.

Aída Noelia nació en junio de 1917. Trabajó como maestra en el colegio Santa Teresita hasta su casamiento con Mario Peguero Báez con quien se radicó en Caracas. Murió prematuramente a los 32 años en un accidente.

Ana Altagracia  nacida en Samaná, el 30 de enero de 1912 es famosa entre sus innumerables alumnos  y  reconocida afectuosamente como Tía Anita. Aparentemente su vocación eran las ciencias exactas pero llevada por las circunstancias del momento, se fue inclinando hacia la docencia. Sin pensarlo ni quererlo, durante sesenta años fue la madre -maestra de una legión de dominicanos que aprendieron no sólo sus habilidades linguísticas, sino cierto don de gentes y una sabiduría de la vida que no figura en ningún manual. La vida,  los muchachos que la encararon con exigencias, sus propios temores y un espíritu indomable la acercaron a la enseñanza que no era curricular sino que era  de la vida.

No importa el currículum que es extenso,  ni los cursos innumerables, ni los reconocimientos merecidos , es una típica maestra hostosiana, hecha de recia madera  y  temple de acero.

Lúcida y juguetona, sus ojos brillan con un raro fulgor cuando recuerda los juegos en la caleta de Punta Gorda frenta a  la casa de la familia Moya.

Sus relatos dibujan en el trasfondo marítimo, en ese cuadrilátero de caracola, un trozo de Anadel , sus  banquetes de gourmet, largas tardes a bordo de una goleta batiéndose entre París, carnes cangrejo y sabores mezclados de pimienta, nuez moscada y jengibre. Tardes cálidas  donde las tres maestras de su más tierna infancia, le marcan el modelo de trato para los niños que vendrían y que poblarían su universo de mujer.

Anheló siempre  tener el empaque de cierta maestra francesa, rosada, entrada en carnes y de altura portentosa. Se sabía chiquita y pequeña y temía carecer de ciertos requisitos para enfrentar a los muchachos de la escuela. Pero, lo que creció ante sus alumnos, que la creían poca cosa, por pequeña de estatura, fue un temple de acero, una confianza tenaz en sí misma y un amor terco por los hijos de su hermana y de los otros. Nunca se casó ni necesito hijos propios. No hacía falta porque sus hijos se multiplicaban, primero como maestra normal de segunda enseñanza, como maestra en la escuela pública y después, por treinta seis años en el colegio Santo Domingo.

Activa, militante, emprendedora sabía que el se queda se lo lleva la corriente. Aprendió, mejoró,  incorporó nuevos métodos de lecto-escritura, enseño inglés, alfabetizó , preparó y redactó test de evaluación y aportó a la educación de varias generaciones.

Muchas dominicanas se ganan la vida dibujando grafías de ensueño y arabescos de iluminador medieval enseñados por la tía Anita.

Con paciencia femenina, sembró en  el alma y el espíritu de muchos hombres y mujeres dominicanos. Como una Deméter nutricia, esta anciana dama ha hecho  fructificar lo mejor del alma caribe y con gracejo ejemplar recupera y multiplica la  naturaleza ardiente y proteica que la vio nacer.

 Ella  refleja  como en un espejo la naturaleza de Samaná que tiene del mar la fuerza y la hermosura.  Reproduce con lujos de ilustrador oriental, el alma de Trigarthon, aquel hombre niño, el negro de los ojos azules, virginal y honesto, solitario del mar, el hijo de Poseidón, salido de verdes potreros atlánticos, puro como el alma de un niño y personaje central de Anadel.

Señor de Arandelle, tritón, ensenada, terraza de ángulos esquivos y mágicos.

Como Samaná, la bahía de su nacimiento, Ana Altagracia Abreu Pou, férrea y magnífica, ha logrado tener un privilegio único: el privilegio de ser su sombra.