Historia de familia

La familia Loaces- Grisolía

 

 A ti, que al igual que Mamá Blanca, reinaste dulcemente en una hacienda de caña, donde al impulso de tu mano llamaba a los peones  la campaña para la misa del domingo, subía en espirales de oración a la hora del ángelus sobre el canto de los grillos y el parpadeo de los cocuyos, el humo santo de la molienda  en el torreón y te dibujas allá, en la niebla de mis primeros recuerdos,lejana y piadosa, apacentando cabezas sobre un fondo de campo, como la imagen de la donadora en el retablo de algún primitivo.

          

Las memorias de la Mamá Blanca de Teresa de la Parra

 

Como una Mamá Blanca caribeña, Margarita María Grisolía Poloney escribió: “Es poco lo que puedo contarte de tu abuelo Julian Loaces Peceño. El murió muy joven, de 33 años  así que no pudo tener muchas actividades, fue un hombre de bien muy apreciado por sus amistades. Vino al país a principios de 1900, procedente de España, de Guadalajara. Embarcó con su hermano Guillermo que se quedó en Cuba y formó familia allá, tu abuelo prefirió  a Santo Domingo”.

En una hoja de cuaderno, con una caligrafía de colegiala por lo joven y fresca, Margarita Grisolía Poloney viuda Loaces, una anciana señora de más de ochenta años le cuenta la memoria ancestral a su hijo Eduardo Loaces Grisolía.

No es más que una hoja simple de papel, arrancada de un cuaderno de notas y escrita con la ardiente paciencia de las almas nobles. Pero tiene el mismo encanto de aquella crónica escrita en el otro siglo por esa señora de la letras venezolanas que fue Teresa de la Parra. Y es que las memoria de Mamá Blanca es un diario íntimo, en un lenguaje íntimo, con una escritura blanca y transparente donde se cuenta la vida sentimental, anímica y sensible de las criollas a principios del otro siglo.

Recortes de periódicos que se remontan al otro siglo, notas de 1916, en el periódico La Independencia,   de 1918, en un periódico de Puerto Plata donde se anuncian las importaciones e exportaciones del Ingenio San Carlos de los Divanna Grisolía, los cigarrillo “Habanera” y el Lic. Abigail Montás anunciando sus servicios de abogado.

El muelle de Puerto Plata revive, y la memoria lozana de doña Margarita recrea un puerto caribeño , no importa si cubano o dominicano , y el “Gallego” del escritor cubano Barney encarna en la vida de cualquiera de estos inmigrantes que a principios del otro siglo, españoles, italianos, polacos, dinamarqueses o ingleses dieron color y vida a lo que hoy es como Nación, República Dominicana.

“El Lulian Loaces que desembarcó en Santo Domingo era de profesión barbero, pero le atrajo siempre el mundo de la política.

Visitó Puerto Plata, Santiago y Moca y en una de esas vistas conoció a Mon Cáceres, que se convertiría en su gran amigo y guía en el mundo de la política criolla”.

Casó con Anita Taváres y fue precisamente el presidente Mon Cáceres quien apadrinó la boda, “viajando a caballo  desde Santo Domingo a Santiago, esto fue en el año 1910. Tu papá Carlos Loaces no conoció a su padre, pues Carlos nació después de su muerte ocurrida en 1913”(…)

“Julián murió en Santiago y está enterrado allá, por cierto en la tumba de la familia Vega( el abuelo de Otto Vega) te cuento esto para que veas desde cuando data  la amistad con los Vega”.

La historia que cuenta Margarita Grisolía de Loaces es como esa crónica familiar contada por la Mamá Blanca, sencilla, eficaz  fiel al habla y a  los sentimientos de un mundo que quedó atrás y que supera la heráldica, los blasones y los títulos nobiliarios.

En 1567 puede rastrearse el nombre de Fernando de Loaces en Valencia, nombrado arzobispo de esta sede episcopal el 3 de mayo de 1567.

 

          Nació en Orihuela en 1483, poco después de 1520, tras graduarse en derecho en Bolonia, fue fiscal de la Inquisición por tierras valencianas.

Cuestionada la validez de los bautismos de moriscos celebrados durante las guerras de Germanías, a instancias del inquisidor general, Alonso de Manrique, escribió la obra sobre la conversión y bautismo de los paganos o la nueva conversión de los paganos del Reino de Valencia, dictaminando positivamente sobre la validez del bautismo administrado a los moriscos.

En 1530 pasó a ocupar el cargo de inquisidor de Barcelona, donde tuvo gran amistad con San Francisco de Borja, entonces virrey de Cataluña,

El 5 de mayo de 1542 fue nombrado obispo de Elna (Rosellón), y cuatro años después, de Lérida. Asistió a la segunda sesión del Concilio de Trento (1551-1552).

 

        El 26 de abril de 1553 fue preconizado a la diócesis de Tortosa y seis años después, el 29 de enero de 1559, a la Metropolitana de Tarragona, donde promulgó unas constituciones para el mejor gobierno de la Diócesis.

Los moros que vivía por tierras de Granada se habían rebelado en las Alpujarras. Al ser vencidos, fueron dispersados. La mayor parte fueron llevados a las tierras valencianas, engrosando sus aljamas. Por mandato del Rey, en 1568, el arzobispo de Valencia tuvo una reunión con Juan de Muñatones, obispo de Segorbe, Gregorio Gallo, obispo de Orihuela, Martín de Córdoba y Mendoza, obispo de Tortosa, y los inquisidores, para que volvieran a tratar sobre el bautismo de los moriscos, llegando a la conclusión de que era válido. Femando de Loaces fundó en Orihuela en 1546 un colegio-universidad que confió a los dominicos, consiguiendo por bula del Papa Julio III, el 26 de septiembre de 1552, que pudiese conferir grados mayores de humanidades, artes y teología.

Murió en el palacio arzobispal de Valencia el 29 de febrero de 1568, a los 86 años de edad. Con Femando de Loaces concluyó una serie de prelados, que si bien estuvieron adornados de excelentes prendas, no pudieron continuar la obra reformadora iniciada por Santo Tomás de Villanueva.

 

 

Historia de Familia

 La familia loaces Grisolia

 

Los Loaces son un linaje procedente del lugar de Luaces, en la provincia de Lugo, en Galicia.

En la ciudad de Mondoñedo aparecen los emblemas heráldicos de esta señorial casa gallega,  en el siglo XV. Muchos miembros de esta familia aparecen pleiteando por su hidalguía  en la Real Cancillería  de Valladolid, apareciendo ya ejecutorias hacia 1510, lo que pone en evidencia el abolengo de larga data de esta familia.

Las diferentes ramas de Loaces no sólo se desarrollaron en la península Ibérica sino que hacia el  siglo XVlll se instalaron importantes grupos familiares  en Italia, concretamente en Nápoles. Se establecieron en el Reino de Nápoles en la primera mitad del siglo XVIII y solo después de la conquista del Reino de las Dos Sicilias  por parte de Giuseppe Garibaldi algunas líneas de esta familia se transfirieron a otras artes de Italia.

Una rama de esta familia asentada en el Piamonte emigró a la Argentina.

Otros Loaces aparecen en Caserta, Roma y Milán.

Aparecen documentos que atestiguan que una rama de la familia Loaces a inicios del siglo XX emigró a la Argentina y se han ramificado por todo el país.

Es llamativa la figura de un inmigrante Luaces que jugó un papel destacado en las artes del país.

José Maria Cao Luaces es considerado  “El padre de la caricatura política argentina.

Había  nacido en Cervo en Galicia en 1862 y entre 1886 y 1887 viajó a Buenos Aires. En una crónica porteña sobre los inmigrantes españoles se lo recuerda así:  “José María Cao Luaces, un gallego que era el mejor caricaturista de la Argentina y colaboró en "Don Quijote", "Caras y Caretas", y "Fray Mocho", edita "El Eco de Galicia".

“José María Cao Luaces, nació en el Pueblo de Santa María de Cervo, consello de Viveiro, Provincia de Lugo (Galicia - España) el 13 de diciembre de 1862. Ingresó a la fábrica de cerámica de Sargadelos donde trabajaba su padre, y cerrada ésta en 1877, ingreso a la fábrica de loza "La Asturiana", en Gijón, como ayudante de pintor. Allí conoció al famoso escultor José María López Rodríguez, quien le enseño técnicas de escultura y dibujo. Posiblemente trabajó con él en las estatuas de David y Simón, que están en el retablo del altar mayor de San Agustín. Dirigió el taller (obradoiro) de un establecimiento de porcelanas y cristalerías en La Coruña. Mientras tanto ejerció tareas diversas en comercio, aduanas y telégrafos. Además colaboraba con ensayos literarios en varias publicaciones. En 1886, llegó a Buenos Aires y con solo lo puesto y su talento. La avenida Paseo Colón, cercana al puerto, lo vio ganar sus primeros dineros, haciendo caricaturas a los transeúntes. En 1888 se asoció a un taller de grabados, fue profesor de un colegio y colaboró en varias revistas, entre ellas, la más importante, "El Sudamericano", donde era encargado de la sección retratos. Una de sus primeras caricaturas le ocasionó ocho días en prisión. En esa época Argentina era una caldera, el presidente Roca enfrentaba un levantamiento y el estado de sitio estaba vigente. En 1887 fue contratado por el director de la Revista “Don Quijote”, el español Eduardo Sojo, quien ya conocía a Cao por sus trabajos en gráfica. Juntos se dedicaron a la tarea de caricaturizar al gobierno, en todos los sentidos posibles, sufriendo persecuciones y prisión. Utilizaban seudónimos. El de Cao era Democrito II° y del de Sojo, Democrito I°. En esa época ocurrió uno de los actos mas violentos de la Argentina en democracia, contra un periodista, y nos estamos refiriendo a un intento frustrado de asesinato de Cao, en su mismo lugar de trabajo. A raíz de esto y aunque parezca increíble, Cao resulto detenido, produciéndose un escándalo de magnitud. Al parecer una caricatura del General Capdevila, desencadenó el hecho, y habría que remitirse hasta casi 80 años mas tarde, con la clausura de “Tía Vicenta” o “Humor” en la década de 1980 para encontrar un hecho parecido. En esa ocasión el General Roca, consciente del escándalo, intervino para apaciguar lo ánimos. Igual “Don Quijote” fue cerrado por el gobierno. El periódico “Don Quijote” fue un órgano partidario opositor al gobierno nacional, de un grupo político "el radicalismo" que, a partir de 1890, surge como voz disidente que intentaba proponerse como una alternativa a la hegemonía de los partidos conservadores, gobernantes. “Don Quijote”, castigó con acidez al poder de su época. En ese periódico trabajó el ex comisario y escritor Sixto Alvarez, también conocido por su seudónimo de "Fray Mocho", Luego fundador de “Caras y Caretas” junto con Cao. Desde esa publicación se plantea al humor como un arma poderosa. Hasta tal punto había llegado su influencia que el propio fundador del radicalismo, Leandro N. Alem, sostuvo que "la revolución de 1890 la hicieron las armas y las caricaturas". En “Don Quijote” se originaron los apodos a los principales políticos de ese momento:

_        "El Pavo": Presidente Roque Sáenz Peña;

_        "El Zorro": Presidente Julio A. Roca;

_        "El Burrito Cordobés": Miguel Juárez Celman, cuñado de Roca y luego Presidente de la Nación;

_          "Cangrejo": Presidente José Evaristo Uriburu

“El Clima era francamente insurreccional, para no hablar de las insolencias de “Don Quijote”, que contribuían a enrarecer el ambiente...  El 7 de febrero de 1892, fundó “El Eco de Galicia”, homónimo del que se editaba en Cuba años antes. Desde allí bregó por la refundación del centro Gallego de Buenos Aires, cerrado un año antes. Al frente del “El Eco de Galicia” estuvo poco tiempo, vendiéndoselo a otro lucense, Castro López. En 1894 funda la revista "El Cid Campeador", que se fusiona con "La Bomba" en 1895. Ilustro almanaques de la época, como "El Criollo" en 1893. "Caras y Caretas", venía del Uruguay, en donde el español Eustaquio Pellicer la había iniciado en 1890 como semanario festivo, literario, artístico y de actualidades. Una vez llegada a Buenos Aires Pellicer renuncia y tomaron su lugar como directores J. S. Alvarez (Fray Mocho) y el dibujante español Manuel Mayol. La producción de Cao se halla dispersa en las paginas de esta revista, Su creación máxima fueron las “Caricaturas Contemporáneas”, inauguradas en 1900, que se difunden por toda Europa y América. En 1902, fue el primer director artístico del suplemento literario de “La Nación”, donde aparecieron caricaturas, ilustraciones y paisajes a la pluma. Este ciclo se completó con los "Juguetes de Actualidad" (1912), también caricaturescos, publicados en “Fray Mocho”. "Caras y Caretas" representó la madurez del humorismo político. "Llegó la caricareta, llegó la caricareta", gritaban los diarieros para ofertar esta revista. En 1899 acusaba duramente a los políticos corruptos y criticaba a los "tranways" "que matan más gente que la fiebre amarilla". Viñetas de la vida cotidiana, gráficas costumbristas, notas que registraban el crecimiento y los cambios del país, y los "reclames" o publicidades de los primeros años del nuevo siglo eran parte de su contenido. Además de las sátiras políticas. En el año 1900 fue premiado por un concurso de reclames de la marca "Domecq". En 1903 muere Fray Mocho y es reemplazado por Carlos Correa Luna como director de "Caras y Caretas" y Cao se reafirma como dibujante y periodista. El pintor Gallego Luis Seoane realizó una biografía de Cao en donde dijo: Realizó también una serie de gobernantes que actuaron en la guerra de 1914, y dibujó también al gaucho y escenas pampeanas. Al producirse el Centenario de la Independencia historió “La caricatura en la Argentina”, en “El Hogar” (7 de julio de 1916). Incursionó en la pintura y realizó varios trabajos importantes como su cuadro “La Logia Lautaro” (militaba en la masonería). Vivía en Lanús, en esa época Partido Municipal de Avellaneda, colaborando con la Municipalidad Local al fundar una Sociedad Cultural llamada "Madre Fraternidad". Falleció en Lanús el 27 de enero de 1918”.

 

Fuentes: Libro de genealogía de Francesco Paolo Loasses y el testimonio oral, archivos y memorias familiares aportadas por Eduardo Loaces Grisolía.

 

Historia de familia

Por Graciela Azcárate 

La familia Loaces-Grisolía  

 

Ante un apellido desconocido, ante la incógnita de unos ancestros perdidos en la noche de los tiempos a los contemporáneos no les queda otra alternativa que remontarse en el tiempo, imaginar otro mundo posible y ponerle carnadura y color a unos ancestros sin rostro. Por eso a los Grisolia de las Antillas, dedicados al negocio de  la caña de azúcar,  a los negocios del puerto y las delicias del mundo musical  les haga falta remontarse a esa Grisolia perdida en los montes de Calabria, de cara a un mar en la que habitaban dioses antiguos.

Según el profesor Luigi Marino, el centro histórico de Grisolia es de origen medieval, probablemente desciende de los longobardos y los bizantinos que tuvieron el dominio de la región desde  el siglo IX.

Existe una gruta rupestre dedicada al santo Nicola y hay en realidad una rara simbiosis entre dioses paganos y conventos y ermitas cristianas.

El antiguo nombre fue Chriseora probablemente derivada del griego Chrousolea o del latino Chriserna y que refiere a la fertilidad y riqueza del suelo de la cual afluían pepitas de oro y cuyo subsuelo era un rico yacimiento de ese mineral. Durante el periodo romano alrededor del 400 al 200 D.C, Roma decidió instalar en la zona de Pantanelli un presidio militar que fue muy importante para la época, en toda la zona que abarcaba el mar Tirreno y el mar Jónico. Hacia el año 1300 de nuestra era, Grisolia era el feudo de Tancredo Fasanella y en 1345 pasó a Roberto Alagno por razones de matrimonio.

En 1420, con Nicola Capecce Bozzuto y hasta 1539 pasó a formar parte del estado de Bisignano, para en 1605 pasar a ser feudo hereditario del napolitano Fabio Colonna. Por cuestiones sucesorias terminó en manos de Pietro Catalano Gonzaga en 1741, hasta que en 1806, por decreto napoleónico fue abolida la feudalidad.

Los yacimientos arqueológicos,  de los cuales la zona es rica se remontan al Neolítico y cuentan que la gruta de San Miguel se remonta a la antiguedad helénica, fue el escenario de los sacrificios celebrados en el reino de los Muertos, el Hades cantado por Homero y Virgilio en La Odisea y La Eneida.

El lugar geográfico de Grisolia es una zona boscosa cruzada por torrentes, y ríos  y sembrada de portentosos castaños que parecen ser el sello de identidad de la comarca.

Largas procesiones  al santuario de San Rocco, de San Antonio de Padua a Serra, entre montes comiendo fusili con salsa de carne de cabras que es el plato regional y regado de abundante vino de la tierra.

Tal vez en Grisolia  como dijo Marguerite Yourcenar “los dioses aún no habían muerto”.

Sólo resta apelar a la imaginación, tender un puente entre el Mediterráneo y este otro mar interior que es el mar de las Antillas.

En República Dominicana, la historia de la familia Grisolía, se va desarrollando dentro de esas nuevas perspectivas promisorias que hacia 1870 encarrilaron al país en una nueva dimensión histórica.

Dice el historiador Roberto Cassá en su “Historia Social y Económica  de la República Dominicana” que: “Desde fines de la década de 1870. República Dominicana se inició en un nuevo proceso económico de gran significación para su ulterior desarrollo político, económico y cultural.  La economía dominicana tomó nuevos rumbos  que dinamizaron el crecimiento de las fuerzas productivas y ampliaron la inserción de la economía dominicana  en el sistema capitalista  mundial”.

Dentro de esa nueva corriente económica se insertan grupos de inmigrantes que se invierten en los negocios de importación, exportación y sobre todo en el rubro industrial de la caña de azúcar.

Desde Calabria, habían llegado familias como los Russo, los Cino, Divanna, Grisolía, Barletta y muchos otros que rápidamente se  mezclaron con familias dominicanas no solamente a través de los negocios sino mediante los casamientos con mujeres dominicanas.

En Puerto Plata, hacia 1875  dos socios como los Divanna y Grisolía dejaron sentado el precedente de  una dinámica sociedad empresarial al servicio de la comunidad dominicana.

Divanna, Grisolía &Co. fueron poderosos comerciante importadores, exportadores y fuertes industriales instalados en Puerto Plata desde el año 1875.

Eran agentes consignatarios de las líneas de vapores Bull Insular Line Inc.,  East Asiatic, Ltd., de Nueva York y Copenhagen. El equipo empresarial estaba dirigido por Carlos Grisolía, Juan Grisolía y J.A. Divanna como socios gerentes. El ramo especial de la casa en materia de exportación lo constituyó el tabaco y el azúcar, ramo este último al cual aportaron capitales y tecnología innovadora.

Eran además  propietarios de una gran fábrica de velas y de una desmotadora de algodón.

El establecimiento principal y las oficinas estaban ubicadas en la calle Duarte, en la cual  empleaban doce  empleados y 45 operarios.

Eran accionistas principales de la Central Azucarera “Ingenio San Carlos”, Carlos y Juan Grisolía. El primero como Presidente y el segundo  como Vice-presidente; el tesorero y secretario era Jaime Knapp y el Administrador José Villanueva.

Tenían un capital inicial de $ 500.000, totalmente pago, invertidos en un ingenio que fue para su época uno de los más importantes de Puerto Plata. Molían gran cantidad de caña y la exportación estaba dirigida esencialmente al mercado de Estados Unidos. Cuenta la crónica de la época recogida de los periódicos que :”El Ingenio San Carlos  lo componen unas 8.000 tareas de cañas propias y de colonos y 7000 tareas de pastos, 400 yuntas de bueyes, 100 vacas de leche para consumo y 100 animales diversos para distintos servicios de  los mayorales y demás empleados”.

Tenía 10 kilómetros de ferrocarril de 36’ de vía, 3 locomotoras de gasolina, 55 carros de 5 toneladas cada uno y más de 81 kilómetros de caminos con carreteras interiores para facilitar el transporte. No solo tenía dispensario, escuela, tienda de abarrotes para la provisión de sus empleados  sino que estos habitaban casas ventiladas y cómodas. A la dirección de los Grisolía y Divanna se sumaba la administración de José Villanueva que era asistido como Auditor y Cajero por José Pierret y como jefe de la Casa de Máquinas al conocido azucarero Juan N. Folch. La crónica de la época los reflejaba como unos jóvenes emprendedores y honestos que generaban fuentes de trabajo y de riqueza para la ciudad de Puerto Plata.