De Calabria a Santo Domingo.

La familia Russo-Cino

 

Historia de familia

Por Graciela Azcárate

 

 

 

Italo audaz, ¿es que jamás te cansas

de arrancar de las tumbas

a nuestros padres, obligando a que hablen

 en este siglo muerto, en el que pesa

tanta niebla de tedio?

 

De Cantos de Giaccomo Leopardi.

 

Como en los cuentos de Edmundo de Amicci, como en las crónicas italianas de fin siglo que marcaban la ruta del desarraigo, así fueron forjándose los caminos de la Italia inmigrante.

Desde Génova,  Calabria, Nápoles o Sicilia, fueron partiendo los barcos con una multitud de almas que, a la ventura forjaron un mundo nuevo.

Como en la crónica de Los Apeninos a los Andes, los italianos fueron desembarcando en Buenos Aires, Nueva York,  Brasil, Santo Domingo o La Habana.

Cargados de sueños y esperanzas, marcados con las huellas del dolor, del hambre y la injusticia. Pobres o encumbrados, analfabetos o letrados, revolucionarios o parias , se lanzaron al mundo con el espíritu del fiero ítalo.

Se fueron con lo puesto. Pero se llevaron la poesía de sus mayores, las epopeyas heroicas, las largas luchas por la reunificación de una cultura

que en la diáspora fue ancla y sustento, se llevaron la memoria de la canzoneta, el temple para enfrentar al  invasor y las recetas milenarias  de la nonna que conjugaban el aceite de oliva, el ajo, el pan, y el vino.

Petrarca, El Dante, Il Risorggimiento, Cavour, Garibaldi, Manzoni, Leopardi, los carbonarios, Salgari y Julio Verne.

Si la carne está presa el espíritu es libre.

Ancestros que en la lengua y el alma les donaron el temple para atravesar el mar y fundar  un futuro mejor.

A fines del siglo pasado, llegaron a Puerto Plata varios integrantes de la familia Russo-Cino.

Procedían de un pueblito  llamado Santa Doménica de Talao, en la provincia de Cosenza. Incrustado en el profundo sur italiano, en la Calabria, está encaramado en las montañas a 350 metros sobre el nivel del mar y distante del Mar Tirreno apenas cuatro kilómetros.

Los troncos familiares de Saverio Russo con María Francesca Cino y Pietro Carmelo Russo con María Teresa Di Puglia dieron origen a las familias que en Santo Domingo y Santa Doménica  fueron desarrollando  una larga tradición.

Motivados por la gran hambruna de Europa y los comentarios promisorios de Saverio Di Puglia que visitó Puerto Plata en 1870, el matrimonio Russo-Cino se trasladó a América en busca de nuevos horizontes para el crecimiento de su familia, compuesta de siete hijos: seis hombres y una mujer.

Visitaron distintos países de América del Sur, incluyendo Brasil y Venezuela. Pero se decidieron por República Dominicana y se instalaron en Moca donde, entre otros rubros vendían joyas de oro y piedras preciosas.

Atemorizados por los conflictos políticos que vivió la isla en 1890, los padres regresaron a Santa Doménica y se llevaron al hijo menor.

En la isla dejaron a Domingo, Antonio, Alessandro, Attilio, y Giussepe.

Antonio y Alessandro regresarían a Italia en la década del treinta.

El parecido del mar  y la tierra dominicana con la aldea de origen y el encuentro con un núcleo de emigrantes laboriosos y trabajadores, en Puerto Plata, les dio el aliento para que Giussepe  y Antonio Russo sentaran base. Tenían un nivel profesional  importante y rápidamente incursionaron en el negocio farmacéutico y en las plantas de electricidad.

Conservaron el espíritu y las  enseñanzas de la madre: Cino María Francesca  viuda Russo que nacida en 1857, los guió, cuidó y amamantó durante casi 100 años como la loba mítica.

 Domingo Russo Cino llegó con sus padres con el título de farmacéutico y  junto a su hermano Alessandro fundaron la primera farmacia de Bonao.

Casó muy joven con Paula Rivas, hija del prócer Gregorio Rivas.

Enviudó prematuramente y se casaría dos veces más.

Giuseppe  Russo Cino como empresario fue pionero de la energía eléctrica en  Puerto Plata, La Vega y Moca.

Durante toda su vida mantuvo abiertos los  únicos cines de La Vega.

En el Teatro La Progresista se presentaron zarzuelas y espectáculos de moda en Europa. Fue fundador del Club Rotario de La Vega y filántropo por vocación. Enviudará  tres veces y dejará una  estirpe de 22 hijos que se  multiplicaron en el cuerpo social dominicano.

Trabajador infatigable, Giuseppe Russo instaló la planta eléctrica de Puerto Plata. A los 24 años se mudó a La Vega y  casó con Iguaniona Gómez Esquea, hija de Joaquín Gómez y Ana Dolores Esquea, familia prominente de La Vega.

La abuela María Francesca viajó desde Santa Doménica para comprobar con sus propios ojos, que el casamiento de su hijo fuera el adecuado.

El 31 de julio de 1920 inaugura la planta eléctrica de La Vega y nace su hija Lyda Russo.

 Atilio fue enviado por sus hermanos a Filadelfia donde estudió odontología.

 Regresó a Italia y se  casó con la novia de su infancia: Enza Oliva.

Ejerció su profesión en Santa Doménica y murió a la edad de 101 años en 1985.  Alessandro regresará a los 16 años, enfermo de tuberculosis.

Según el libro de Bernardo Vega: Nazismo, fascismo y falangismo en República Dominicana,  hacia finales de los años treinta vivían en República Dominicana unos trescientos noventa italianos, pero no formaban un grupo cohesionado e inclusive muchos de ellos ya estaban casados con dominicanas o eran hijos de italianos. Según el censo de 1935 de los 393 italianos 271 eran varones y 122 hembras.

Estos grupos se concentraban en Santo Domingo, Santiago y Puerto Plata.

Hacia 1943, la lista de apellidos italianos recogía los nombres de Ferrúa, Barletta, Trifilio, Rainieri, Marra, Cino, Di Carlo, Rímoli, A’Alessandro, Palamara, Ruggiero, Sarubbi, Alterio, Oliva, Pezzoti, Perrota, Sorrentino, Palermo, Russo, Campagna, Sangiovanni y Pappaterra.

El mismo historiador investiga   las vinculaciones  del grupo de italianos con la Italia de Mussolini.

Las actividades se iniciarían hacia 1926 pero con la victoria de los aliados en 1943 todo  el movimiento en torno del Fascio decaería.

Bernado Vega reflexiona que los italianos se asimilaron a la vida dominicana mucho más rápidamente que otros grupos de extranjeros, debilitándose así su sentimiento de nacionalidad. Por esta razón el apoyo de la colonia italiana al fascismo de Mussolini fue bastante tibio.

Dentro de la colonia italiana, los Russo se dominicanizaron rápidamente pero mantuvieron a nivel emocional el recuerdo de la aldea calabresa.

Si bien a nivel político los lazos se devincularon rápidamente, en todos ellos se conservó el espíritu de clan. La matriarca de la familia les fue marcando derroteros de cohesión familiar, de fidelidad al trabajo y de solidaridad a el país que los recibió.

Hoy día multiplicados, el tronco familiar de los Russo-Cino es en su mayoría  un conglomerado de personas trabajadoras, independientes, amantes de las tradiciones heredadas del terruño y las del país que dio cobijo a sus ancestros. Entre ellos hay médicos, abogados, pintores, músicos, periodistas, profesores, empresarios, profesionales, ingenieros, economistas, banqueros y

decoradores.

Han forjado una familia de vastas ramificaciones, cifrada en el espíritu de trabajo, de memoria por los suyos y por el ejemplo de los mayores.

Han conservado la memoria de tradiciones, comidas y olores y han fraguado bajo este nuevo sol un crisol de dominicanos que pueden sintetizar la sensibilidad de dos países tan distantes y sin embargo tan unidos.

El puente existe, y está construido con la memoria  de los abuelos, las recetas heredadas de la nona, o la alquimia impecable del abuelo para cocinar berenjenas únicas, el recuerdo de anécdotas familiares  entre guindillas, ristras de ajos, melocotones en conserva para pasar el invierno, jamones y bondiolas colgadas del tejado y frutos del mar en un finca prendida a la montaña de cara al mar Tirreno y con la otra mitad del corazón en el Mar Caribe endulzados con azúcar, café y canela.

Sentados a la mesa familiar de los jueves, la pastasciutta  los convoca.

Yolanda, Mirta Oliva vda.Vidal, Ana Antonia Vidal de Cabrera, Yolanda Mella Russo, Aldo Russo  y Catalina de Russo son emblema de tres generaciones que han fundado bajo este sol de fuego una estirpe  centenaria.

La receta es sencilla : sólo bastan unos granos de amistad, una cucharadita de  alegría de vivir , unos cuantos vasos de vino, unas gotitas de aceite de oliva, aderezado con humor y una picante guindilla.

Salpimiente todo con energía y la mezcla  dará como resultado  una familia impar de trasparente simplicidad que sabe cantar a la amistad, al vino,  y al amor.

 

Pie de foto

1-pie de foto Yolanda(7 años), Aggnolino( 6 años), Mario(5 años) Lyda(1 año y nueve meses) y José.

 

2-Santa Doménica de Talao, pequeño pueblo de Calabria,que dista cuatro kilómetros del mar Tirreno y está a 350 metros sobre el nivel del mar.

 

3-Familiares de la familia Russo, que en la finca familiar en las afueras de Santa Doménica trabajan la tierra.

 

4-Producen jamones, bondiolas y provoletas además de guindillas, ajos y melocotones en almíbar.

 

5-Un plato de pastasciuta, típica comida mediterránea.

 

Sumario

Pobres o encumbrados, analfabetos o letrados, revolucionarios o parias se lanzaron al mundo con el espíritu del fiero ítalo.

 

Procedían de un pueblito llamado Santa Doménica de Talao, en  la provincia de Cosenza en el profundo sur de Calabria.

 

Se llevaron la poesía de sus mayores y las recetas milenarias de la nona que conjugaban el aceite de oliva, el ajo, el pan y el vino.

 

Salpimimiente todo con energía y la mezcla dará como resultado una familia impar de trasparente simplicidad que sabe cantar a la amistad, al vino y al amor.